¿Yoga para niños? «La clave es no estar más de cinco minutos haciendo lo mismo»


Para un no iniciado en la materia, los nombres de las posiciones de yoga son todo un misterio: tadasana, uttanasana, adho mukha svanasana... Incluso en su versión más sencilla: posición de la montaña, pinza del pie, perro boca abajo... Sin embargo, en la Ikastola Larramendi de Mungia hasta los más pequeños saben de qué estamos hablando... y cómo llevarlas a cabo. Sin romperse, aunque a esto les ayuda la flexibilidad envidiable que les da la edad.


Es uno de los centros donde da clase la vizcaína Naiara Mandaluniz, instructora y formadora de yoga infantil con una amplia experiencia a sus espaldas. Lleva unos ocho años enseñando esta disciplina a los niños cuyos padres rompen la barrera y les apuntan. Todo empezó con su hijo mayor, que ahora tiene diez años. Cuando nació su hermana, tenía 2 y empezaron «las rabietas». Para canalizar todas esas emociones decidió que tenía que intentar practicar con él a ver si recibía al menos una parte de los beneficios que ella logró cuando era todavía una estudiante de Derecho Económico en la Universidad de Deusto.


«A los 20 años me dignosticaron fibromialgia y, durante una revisión, un médico de Cruces me recomendó que hiciera yoga». Le hizo caso y se le abrió un mundo. Su cuerpo empezó a responder a esa actividad y mejoró. «También cambiaron otras cosas de mi entorno», reconoce. Progresivamente se fue metiendo en este mundo y acabó formándose como instructora. Siempre como segunda actividad, porque ella trabajaba en publicidad. Cuando se quedó embarazada por primera vez y sintió la necesidad de dedicarse más a su familia fue cuando dio el salto de verdad. Hoy es una de las instructoras más reputadas del territorio.


«A los críos el yoga les ayuda a seguir conectando con su cuerpo», señala. Es decir, a ser todavía más conscientes de que todo lo que pasa por la mente «se escanea en él». Y a vencer algunas emociones que se nos van «castrando» poco a poco y sin intención. «Desde pequeños, por ejemplo, se nos niegan ciertos sentimientos. A veces un niño dice que no tiene hambre y se le obliga a comer todo, o se queja de que les duele la rodilla por haberse caído y les decimos que no, que ya está, para consolarlos», detalla.

Pero no solo eso, aporta otro beneficio muy importante en nuestros días: «A conectar con el aquí y el ahora, con el presente» y no perderse. «Se trabaja mucho la atención» para compensar la sobreestimulación a la que sometemos a los txikis con juguetes ruidosos, con muchas luces, con mucho movimiento... «Luego van al cole y están ante una profesora que les está explicando algo... Y claro, se aburren», subraya.


También tiene un punto integrador y sanador, en el sentido más estricto de la palabra. Algunos padres con hijos diagnosticados con trastornos de déficit de atención o con problemas psicomotrices o, incluso, que han sufrido bullying encuentran en esta disciplina una vía para ayudarles. A los primeros, por lo que hemos dicho. A los segundo porque en estas clases se trabaja con el cuerpo. Y a los terceros porque les hace sentirse iguales. «Si se trabaja en el entorno escolar, por ejemplo, y con niños que tienen problemas para seguir el nivel del resto en algunas asignaturas, se dan cuenta de que en clase de yoga suben la pierna igual, son capaces de hacer las mismas posiciones, etc.», explica Mandaluniz. Eso sí, no hay que fomentar las comparaciones ni la competición.


Y es que el yoga no es una carrera, ni de velocidad ni de fondo. Va más allá. Una clase tiene cuatro patas fundamentales sobre las que se trabaja: la parte física, la de respiración, la de relajación y la de meditación.

- ¿Pero esto último lo pueden hacer los peques?

- Las clases para niños engloban los cuatro propósitos, como las de los adultos, pero cultivando al 100% la parte lúdica.


El juego es el hilo conductor de los 60 minutos que dura una sesión con Mandaluniz. Porque lo importante es que el niño ni se aburra ni se despiste. «No estamos más de cinco minutos trabajando lo mismo», apostilla. El entorno también tiene que ayudar a esto y debe ser diáfano: ni mesas, ni sillas, ni elementos que desvíen la atención: se trabaja desde el suelo. Incluso cuando se dibuja o se colorean mandalas para trabajar la concentración.


El tema de las sillas es importante. Por una cuestión postural: al sentarnos sobre el tatami contribuimos a abrir pelvis y caderas, que es fundamental. Este sistema ya se ha contagiado incluso al ámbito escolar: «Cada vez hay más centros, sobre todo, en preescolar, que las evitan». Otro punto fuerte es que se trabaja en corro: «Todos con todos y viéndonos la cara».

La edad ideal para empezar, según Mandaluniz, es a partir de 4 ó 5 años, «y mejor 5 que 4», precisa. Además, solo necesitan una cosa, ropa cómoda porque van a trabajar con su cuerpo y con las emociones.


- ¿Pero ya saben lo que es el yoga tan pequeños?


- A muchos les suena: lo ven en los dibujos o a los padres, incluso lo practican en casa... De hecho, cuando les preguntan dicen que van a hacer el 'Om' (el famoso mantra que los hinduistas consideran como el sonido del universo).


También hay niños que van a clases con menos de 3 años, pero en este sentido hay que tener ciertas precauciones. «A esas edades lo que quieren es jugar, andar... Y es difícil que estén una hora atentos o quietos. En muchos casos están con las madres en la sesión y estas, al ver que se van con otros críos, se frustran ellas», explica la instructora. A esas edades lo mejor es que vayan de compañía. Como en el yoga postparto, en el que la que el bebé no es el que practica.


Foto: Ruth Gallardo

Autoría del Articulo: Julia Fernández.

Publicado por: El Correo.

Link: https://www.elcorreo.com/familias-bbk-family/yoga-ninos-claves-20200219120401-nt.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F

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